miércoles, 6 de agosto de 2008

En Colombia no hay, ni debe haber, crímenes de conciencia



DECLARACIÓN DE APOYO A ALFREDO MOLANO

Ante la insólita demanda por injuria y calumnia que varios miembros de la familia Araújo de Valledupar han instaurado ante la Fiscalía General de la Nación contra el sociólogo, escritor y periodista Alfredo Molano, haciendo gala de una prepotencia que recuerda aquello de que en ocasiones son los pájaros los que les disparan a las escopetas, los abajo firmantes nos permitimos hacer públicas las siguientes consideraciones:

En ejercicio de la libertad de prensa que consagra la legislación colombiana, y haciendo uso del derecho inalienable que tiene todo comentarista a interpretar la realidad nacional y a expresar sus ideas al respecto, el 25 de febrero del año 2007, cuando la Corte Suprema de Justicia comenzó a desenredar el cordón umbilical que une a los caciques electorales de la Costa Atlántica con sus respectivos jefes paramilitares, Alfredo Molano publicó en El Espectador una columna de opinión titulada Araújos et al, en la que hace un somero recuento histórico de lo que ha sido desde los viejos tiempos de la Colonia el dominio económico, político y social del notablato costeño en dicha región del país.

Sintiéndose aludidos por las opiniones de un escritor público, opiniones que por el hecho de ser discutibles no dejan de ser respetables, cuatro miembros de la familia Araújo de Valledupar, parientes cercanos de varias personas que son investigadas por sus presuntos vínculos con grupos paramilitares, resolvieron recurrir a la Fiscalía General de la Nación para tratar de acallar un punto de vista diferente al suyo.
Estamos en presencia, por lo tanto, de un atropello contra la libre expresión del pensamiento crítico que debe ser condenado sin titubeos de ninguna especie por quienes creemos en la democracia y pensamos que la libertad de prensa es uno de sus fundamentos básicos. En Colombia está comenzando a hacer carrera la costumbre de tratar de intimidar mediante diligencias judiciales a todos aquellos periodistas cuyas opiniones resultan incómodas para la buena imagen que de sí mismos quieren proyectar ciertos sectores de la clase dirigente. Lo que se busca, en pocas palabras, es domesticar a la prensa, coartándole su iniciativa y su creatividad, para así poder domesticar a la opinión pública, un precedente que, de prosperar, desemboca de manera inevitable en una dictadura.

Nuestra solidaridad con Alfredo Molano, por consiguiente, es incondicional.

Bogotá, 20 de mayo de 2008.

Del jurista y columnista Ramiro Bejarano


Solidaridad con Alfredo Molano, ante la insólita andanada judicial de unos señoritos Araújo de Valledupar, que con arrogancia creen que pueden silenciar e intimidar la opinión.

Ramiro Bejarano Guzmán – El Espectador 17 Mayo 2008

Tiempo real



Por Alfredo Molano Bravo
El Espectador - 17 de Mayo de 2008

LOS ESTUDIOSOS DE LA HISTORIA DEL paramilitarismo en Colombia coinciden en asociar sus orígenes al tránsito de la violencia política de los años 50 al nacimiento de las guerrillas en los 60, en plena Guerra Fría. A EE.UU. le cabe una inmensa responsabilidad en la estrategia de armar a población civil para responder a los grupos armados rebeldes.
El gobierno de Lleras Restrepo sancionó la ley que autorizó la creación de guardias nacionales para combatir a las Farc y al Eln. El Pentágono había elaborado ya la doctrina de la “guerra de baja intensidad” para controlar el incendio que se propagaba desde Cuba y que los manuales militares ponían en práctica. En los años 80, cuando las guerrillas negociaban el tránsito hacia la lucha electoral, se asesinó a miles de partidarios de la vía legal. Por la misma época, el narcotráfico adquirió carta de ciudadanía sobre un acuerdo tácito con sectores del establecimiento: liquidar la oposición a cambio de permitir el traqueteo, inclusive con la anuencia de la CIA. El paramilitarismo se fortaleció sobre este acuerdo, que en el fondo equivalía a permitir el uso de la motosierra y, al mismo tiempo, los embarques de droga.
Viernes 8 a. m.
Esta doble moral es la que se refleja en la extradición del notablato paramilitar: narcotráfico mata crímenes atroces. Las Cortes internacionales llegarán a fin de fiesta. A la Fiscalía criolla y a las víctimas les permitirán hablar en los tribunales norteamericanos sin oírlas, porque de hacerlo, se desembocaría donde ni al Departamento de Estado ni al Gobierno de Colombia les conviene llegar: a la evidencia de una larga trayectoria de impunidad compartida entre los gobiernos de EE.UU. y de Colombia con el paramilitarismo. Los ‘macacos’ se van a EE.UU. y sus crímenes se quedarán enterrados en el país; los expedientes de la parapolítica se adelgazarán y terminarán archivados.
Viernes 11 a. m.
Los computadores de Reyes encubrirán todos los escándalos que afloran hoy. Quizás Uribe, persuadido por Fabio Echeverri, le bajará el tono internacional al escándalo para no perjudicar a los exportadores colombianos. Pero con la información, hoy avalada por la Interpol, se desencadenará una cacería de brujas infinita: son 40 millones de documentos Word, 210.000 imágenes, 610 gigabytes: un siglo de información para sacar de ahí lo que se vaya necesitando para aceitar la maquinaria militar de la Seguridad Democrática. Con el informe de Ronald Noble, Mario Uribe se eclipsó y hasta su parentesco se perdió; Yidis se perdió en los corredores del búnker; Teodolindo volvió a escabullirse; y a Luis Carlos Restrepo lo salvó la campana. Mientras tanto, a Uribe le dan el título Honoris Causa en Lima, y a Solana otro en Bogotá. Chávez grita, Correa llora, Alan García parlotea. Difícil escribir a este ritmo. Cuando se publique esta columna, la Cumbre de Lima habrá pasado y los cercos humanitarios —Dios no lo quiera— volverán a ser la noticia del día. Pero no llegarán a la mitad de la próxima semana cuando, digamos, los medios nos pongan a hablar del matrimonio de Tomás Uribe.
Viernes 1 p. m.
Más aún, no logro acabar estos 3.500 caracteres sin que ya todo lo anterior, incluido lo que está por ver, haya pasado de moda al estallar un nuevo escándalo que confirma todo lo dicho: el computador de Mancuso se esfumó en Itagüí, las tarjetas sim de los celulares de Jorge 40 se evaporaron de la cárcel de Barranquilla, el disco duro de Cuco Vanoy se derritió en Cómbita. El Inpec nada sabe; la Dijín nada dice. La Fiscalía se alza de hombros: estaba fuera de las cárceles esperando a los jefes paramilitares para ponerlos en manos de la DEA. Es difícil creer que los paras sean menos prolíficos que los guerrilleros, aunque es evidente: son más prudentes.

Revoloteo de águilas



Por Alfredo Molano

El Espectador - Abril 18 de 2008

EL MAGDALENA MEDIO ES UNA región rica, muy rica: petróleo, carbón, oro, madera, ganado y, como si fuera poco, ahora palma africana. El cuerno de la abundancia. Y el infierno: más de 2.000 ciudadanos asesinados en los últimos años. El río Magdalena, su columna vertebral, y cientos de afluentes configuran una región llena de agua que fue también de pescado.
Al río, como vía, siguieron ferrocarriles y carreteras. Hoy el Magdalena Medio, entre Honda y Magangué, está cruzado —y crucificado— por caminos de lado a lado. La explotación petrolera implicó organización sindical y al lado, las reivindicaciones campesinas y las demandas urbanas se hicieron sentir. Las vías facilitaron la colonización de campesinos expulsados por la violencia política en otras regiones. Las compañías extranjeras fueron descubriendo minas de oro y de carbón; los hacendados, tierras planas y fértiles. Los obreros y los colonos querían vivir; las compañías mineras, las petroleras y los ganaderos, enriquecerse. El Estado, siempre de parte de los segundos, dejó a la buena de Dios a los primeros. Desde el 9 de abril, hace 60 años, en la región no cesa de correr la sangre. Los gobiernos desde entonces protegen y arman a los chulavitas, los quemados, los chamizos, los pájaros, los sicarios, los paramilitares. Numerosos altos oficiales han terminado incriminados en procesos judiciales por paramilitarismo e importando terroristas internacionales como Jair Klein para entrenar asesinos y defender a los Escobar Gaviria —tan vigentes hoy—, a los Rodríguez, a los Henao y a todo ese cartel de la sangre. Lo que no pueden a las buenas, lo hacen a las malas, pero el Magdalena Medio sigue siendo de ellos, es decir, de los poderosos intereses económicos. El sur de Bolívar está hoy en la mira de los fusiles. Se alistan otra vez las motosierras. Las compañías mineras tienen ya en sus cuentas el oro de Santa Rosa y Tiquicio; las petroleras se preparan para una segunda vuelta en pozos abandonados a propósito; los ganaderos se transforman, con todas sus mañas, armas y respaldo del Gobierno, en palmicultores. Después de la matanza sistemática y calculada entre 1998 y 2004, la gente, apoyada por ideales de paz y de justicia, levantaba la cabeza. El Gobierno mira para otro lado. La Iglesia, que en la región ha regresado por sus fueros, la acompaña. Los paramilitares, que continúan tan fuertes como siempre, han vuelto a las andadas y revolotean y pican ahora con el nombre de las Águilas Negras. Los helicópteros y las avionetas de fumigación levantan también el vuelo para caer sobre los campesinos que cultivan coca, obligarlos a huir para dejar sus tierras en manos de los nuevos empresarios que cercan, drenan los humedales, siembran palma y acomodan retenes de unos y de otros en los linderos de sus enormes propiedades. El orden hay que salvarlo a toda costa, dirán unos. Otros reprochan y amenazan: "se les brinda seguridad con el Ejército y lo corren del pueblo"; "las personas no deseadas por el Gobierno serán eliminadas"; "por cada acto delincuencial en contra de la seguridad democrática que ustedes organicen dentro de estos pueblos, serán exterminados uno a uno por orden de lista". Mientras tanto, el Ministro de Agricultura proyecta sembrar miles y miles de hectáreas de palma en la región; el Ministro de Minas, permitir a las compañías de oro y carbón explotar la región a su antojo; el Ministro de Obras Públicas, comunicar el Bajo Cauca con el Magdalena Medio, regiones ambas donde los Macaco son ley. Los obispos de Magangué y Barranca, 70 curas y miles de ciudadanos han salido a las empolvadas calles de los pueblos del sur de Bolívar a ponerles la cara y el pecho a lo que se viene. Que es mucho. Mas allá del alborotico que el Presidente hará en Cartagena en otro de sus Consejos de Seguridad, lo que el sur de Bolívar requiere para que haya paz es parar la brutal impunidad económica con que actúan los grandes empresarios del petróleo, el oro y la palma, impunidad hermana de la otra impunidad: la que deja que las Águilas Negras o verdes o rojas alcen el vuelo y claven sus garras y picos en la gente que trabaja o en aquella que la defiende.

Palma y petróleo


Por Alfredo Molano Bravo

El Espectador, 12 de Abril de 2008

LA PALMA AFRICANA O ACEITERA SE ha extendido por el país como verdolaga en playa. No hay departamento que no tenga su lote de oleaginosa en producción o esté en vías un proyecto de palmarización a ultranza. Donde haya tierras planas y calientes aptas, sean de quien sean, baldías u ocupadas, por ricos o por pobres, por campesinos o por indígenas, el proyecto llega.
El latifundio ha sufrido una transformación radical y acelerada. Las tierras que producían sorgo, algodón, arroz, se volvieron ganaderas con la primera apertura, diseñada por Gaviria-Hommes. Una “reconversión” que fortaleció la ya poderosa Federación de Ganaderos. Pero cuando la noticia de la crisis del petróleo se popularizó y los biocombustibles saltaron al escenario, las vacas cedieron su sitio a las palmas.
Detrás hubo, por supuesto, una ardua y sangrienta labor de limpieza de malquerientes del progreso, y los paramilitares fueron contratados para “asegurar” las zonas y defender las nuevas inversiones. La reconversión no paró ahí: siguió y siguió expulsando y expropiando a quienes se resistieran al futuro. Cinco millones de hectáreas pasaron a manos de los narcos. Los nuevos patrones que lavaban sus dólares con tierra, pusieron luego a producir sus tierras con palma. Tras las motosierras, que servían tanto para hacer escrituras como para tumbar rastrojeras y montañas, llegaron los testaferros, los tinterillos, los abogados, los notarios, los alcaldes, los senadores, los topógrafos, los ingenieros y los agrónomos, todos a hacer patria: a dejar la tierra nivelada, sin árboles, sin troncos, cruzada de vías y de canales de drenaje y, sobre todo, sin gente. Parecía como si a todos los hacendados les hubiera dado por construir aeropuertos.

El curso de las aguas fue cambiado para desecar tierras bajas, y así, humedales, ciénagas y playones pudieran ser apropiados y agregados a los gigantescos globos de tierra debidamente cuadriculados por filas de palma. Los vecinos pequeños de las palmeras vendían o vendían; los grandes, se asociaban. O también vendían. De la noche a la mañana —es decir, a partir de 2000— la palma se tomó las mejores tierras en las zonas calientes y comenzó a derrotar a las vacas y a casarse con los ganaderos.

El día de mañana se verá que tal proyecto tenía, como tiene, dos secretos gemelos: el narcotráfico que traía los dólares y los paramilitares que fungían —para usar el lenguaje académico de moda— como autoridades y fuerzas de ley. Sobre estas bases se ha echado a andar el proyecto de biocombustibles, enmarcado por una política petrolera que consistió en la progresiva privatización de Ecopetrol, cuya condición fue el debilitamiento a tiros de la Unión Sindical Obrera y que tuvo a su vez como requisito la liquidación de sus bases sociales a sangre y fuego.

La toma de Barranca por los paramilitares entre 1998 y 2002 está viva aún. Hoy, pues, Ecopetrol, sobre tales fundamentos históricos, diseña una macropolítica bioenergética que incluye la construcción de una gigantesca planta de transformación de corozo de palma en combustible. No creo que semejante estrategia haya sido craneada en una oficina por un equipo. Quizás ha sido más bien la convergencia de resultados y “positivos”, muchos improvisados y algunos hasta de buena fe.

Pero el hecho concreto hoy es que el agotamiento de las fuentes fósiles de energía —que tiene que ver tanto con la escasez física de petróleo como con factores políticos— se busca resolver con los biocombustibles y la privatización de la política energética. En todos los países de la región la tendencia es idéntica: el cultivo de palma, maíz transgénico, caña para etanol y jatropha están expandiéndose a una velocidad diabólica.

La selvas, las pocas que quedan en pie, están siendo abatidas, y los cultivos propiamente alimenticios arrinconados. El objetivo final es bajar el costo de los combustibles pagando un precio ambiental y social elevadísimo, porque también esa nueva economía entrará en crisis por una oleada de sobreoferta que hoy se prepara con tanta violencia como irresponsabilidad.

Cultura mafiosa


Por Alfredo Molano Bravo

El Espectador 28 de marzo de 2008

La real academia española define a la mafia como organización criminal de origen siciliano; o por extensión, cualquier, organización criminal clandestina, o también cualquier organización que trata de defender sus intereses, y da un ejemplo: mafia del teatro. Total, hay que mirar a Sicilia.

El origen de la palabra es polémico: proviene de la voz árabe mahya: bravuconería, jactancia; o del toscano maffia, sinónimo de ostentación. La etimología cae aquí como anillo al dedo. La mafia, tal como la conocemos hoy, nace en Sicilia como una organización que defiende los intereses de los señores feudales con escopeta, es decir, a changonazo limpio, contratando sicarios y comprando o matando jueces. Avanzamos, pues estamos tibios.

Se forma así la Onorata Societá, regida por un código de honor —la omertá, sinónimo de ley del silencio— y uno de cuyos más rentables negocios era el contrabando de ganado. Estamos calientes. La mafia pone sus huevos en E.U. durante la Gran Depresión y hace su agosto: los emigrantes sicilianos, pobres, desempleados, mal vistos y peor tratados, se asocian para delinquir según el modelo de la Onorata. Es la Cosa Nostra; la época de El Padrino y del célebre boss Lucky Luciano, dedicado a los negocios de droga, prostitución y chance. Estamos por quemarnos. La policía lo pilla y la justicia lo condena a 30 años, que cambia por la ayuda que la mafia en Sicilia presta al ejército norteamericano para desembarcar en Italia al fin de la Segunda Guerra Mundial. Prácticamente nos quemamos.

En nuestro medio hay una herencia política que va de los chulavos y pájaros de los años 50, pasa por las bandas de esmeralderos y contrabandistas de los 60 y 70, y entrega su legado a los narcos, llamados mágicos —juego burlón con la palabra mafia—, que reinan hasta hoy y que ya compraron boleta "a futuro" bajo el nombre de "los emergentes". Fue sin duda la aristocracia del país —blanca y rica— la que primero sintió, resintió y ridiculizó los síntomas externos de la mafia, su cultura extravagante, irrespetuosa, presuntuosa, que construía clubes sociales completos si le negaban la entrada a uno, que compraba los más lujosos carros, los más finos caballos de paso, las haciendas más linajudas, los jueces más rigurosos, los generales más amedallados, en fin, que se puso de ruana todos los valores de la autodenominada 'gente bien', que descubrió pronto, para su propia fortuna, que era mejor asociarse a la mafia que luchar contra ella. Y así lo hizo. Algunos, hay que ser justos, hasta se ruborizaron de ciertos enlaces matrimoniales, pero al fin, se alzaron de hombros con un "plata es plata", lo demás es loma.

La mafia no abandonó su filón. Por el contrario, lo amplió y lo consolidó; siguió con sus negocios, con su poderosa influencia en la institucionalidad, con sus crímenes, sus armas. Son los días en que el embajador gringo Tambs habló de la narcodemocracia. La aristocracia, en decadencia, ya narcos, ya dueños de la baraja, agradecieron el reconocimiento y alabaron al gran diplomático que, dicho sea de paso, terminó en Centroamérica asociado con sus denunciados. Después, la coalición social hizo otro negocio: el paramilitarismo, y por ahí derecho la parapolítica que, en nuestros días, ronda cada día más cerca al Príncipe: su primo, su ex secretario privado, sus barones electorales, su ex jefe de seguridad, su ex lanzacandidaturas andan, como se dice hoy, complicaditos.

La mafia, tanto la siciliana como la criolla, se ha hecho contra la ley, ha construido con sangre sus propios canales de ascenso al poder económico y político y, sobre todo, ha impregnado de su cultura —la del "no me dejo", la del "soy el más vivo", la del "todo vale huevo"— al resto el país, o para ser exactos al 84%. Es la cultura de la fuerza a la fuerza, de la justicia por mano propia, de las recompensas por huellas digitales y memorias digitales, del "véndame o le compro a la viuda", del "le corto la cara marica", del "quite o lo quito". Su escudo de armas: un corazón incendiario. Cuando Piedad Córdoba dice que en el país predomina la cultura mafiosa, hace una apreciación no sólo valerosa sino justa. Después de tomarse las juntas directivas y los directorios políticos, la mafia busca ahora imponer sus valores, normas y principios. Es decir, su cultura, más a las malas que a las buenas.

Pecados y pescado


Por Alfredo Molano Bravo

El Espectador, 19 de marzo de 2008

La cosa no fue de un día para otro. Debieron pasar días y años. Muchos años. Primero fue por los ríos, por algunos ríos, los grandes, los navegables: pasaban barcas con gente armada y ambiciosa buscando oro.

Después fue por los caminos, los antiguos, los trazados por la fatiga y el sudor: pasaban hombres a caballo, armados, buscando el oro. De los ríos y de los caminos nacían trochas y trochas hacia las selvas buscando la quina, el caucho, la ipecacuana y, siempre, el oro. Los caminos se volvieron reales: se sacaban el tabaco, el café, el añil y se embarcaban por ríos que desembocaban en otros ríos y todos en el mar. A orillas de los caminos se abrían fincas y con las fincas se hacían haciendas.
Aun así, nada había pasado. Ni las pavas ni las dantas ni los venados huían de los caminos. Los ríos estaban llenos de bagres, nicuros, sabaletas. Se construyeron carreteras, ferrocarriles y aeropuertos; los pueblos crecían, algunos se volvieron ciudades. Pero aun así, nada había pasado. La gente comía pescado fresco, salpreso o seco. Mucha gente vivía del pescado porque los ríos y el mar lo regalaban a manos llenas. Alguna gente comía carne de monte, de res, de cerdo. Otra, algo exclusiva, atún y sardinas. Con los días, las ganaderías con ganado y sin ganado crecían al ritmo de caminos y carreteras; los ríos se fueron olvidando y ya no corrían limpios: los pueblos y las ciudades construyeron alcantarillas para botar en ellos sus aguas sucias.

En el río Bogotá no se volvieron a pescar capitanes ni a coger cangrejos. Pero aun así, nada había pasado. Los pescadores se acostumbraron a pescar poco y sucio; los pueblos ribereños, a comer mierda. Como tenía que comer la mucha, la mucha gente que sacaban a brincos del campo para fundar hatos y haciendas. Los pastos reemplazaban las selvas; se tumbaban los frailejonales para sembrar unas papas grandes y meter unas vacas pequeñas y peludas; las aguas corrían pesadas y barrosas. Las ciudades añadían a sus aguas negras desechos químicos y venenos verdes. En los ríos los trasmallos, la dinamita y el barbasco hacían su agosto. Donde hubo selvas, ahora había rastrojos que nunca alcanzaban a madurar; el agua se retiraba.

La lluvia comenzó a escasear, las nubes pasaban como caravanas. En Honda, la subienda mermaba; en Cartagena y en Buenaventura, los barcos con enormes redes de arrastre apenas si fondeaban antes de llevar toneladas de camarones a Nueva Orleans y a Tokio y dejar los arrecifes destrozados y los manglares exangües. Las ciénagas del San Jorge, del Sinú, del Magdalena, se convirtieron en haciendas a plomo limpio; los playones de la laguna de Sonso en el Cauca se llenaron de caña de azúcar, la laguna de Fúquene, de kikuyo; los playones de Tota y La Cocha, de cebolla; la trucha se ahogaba en fungicidas. De los grandes ríos del sur, del Caquetá y del Putumayo, los gigantescos valentones, más grandes que sus pescadores, salían en avión llevando en sus barrigas toneladas de coca. La carne se botaba para salvar la cocaína.

Al tiempo, por otros ríos y por los mismos, bajaban cadáveres de hombres y mujeres y niños como islas flotantes engordando chulos; bajo sus aguas corrían otros tantos muertos desmembrados y desleídos para blanquear los contados sumarios que los jueces abrían. La gente dejó de comer el poco pescado que ya daban los ríos. Las subiendas Magdalena arriba, Sinú arriba, Patía arriba se volvieron tan raras como el arco iris en los páramos agostados y desecados por paraganaderos. El agua dejó de correr mientras la gente corría.

El pescado que fue durante cientos de años —digamos trescientos—, la alimentación gratuita de un pueblo despojado de sus tierras, islas y playones, que criaba un mercado barato y que marcaba el regreso de las lluvias y el fin de los veranos, ese pescado, dicen los diarios de Semana Santa, hoy se importa de Vietnam y de Chile, de Canadá y de Noruega y dentro de muy poco tiempo sólo se conocerá en restaurantes y hoteles de cinco estrellas. Así, en el futuro el pescado se verá sólo en las casullas de los curas como testimonio de un cristianismo desaparecido, si para entonces la iglesia no las ha terminado de vender. Y todo, todo pasó sin darnos cuenta.